Abuso de plaguicidas, un riesgo a nivel mundial

Los plaguicidas son compuestos químicos que se utilizan para el control o eliminación de plagas en agricultura. Existe una gran variedad de estos productos, en formato líquido, sólido o gaseoso, así como diferentes tipos en función de su utilidad: insecticidas, herbicidas, fungicidas, acaricidas, bactericidas, etc. Desde mediados del siglo XX, su uso ha permitido el aumento de la producción de alimentos, ya que se han reducido las probabilidades de pérdida de las cosechas, al acabar con los organismos que las atacan.

Sin embargo, las ventajas señaladas también están acompañadas de consecuencias negativas, tanto para la salud de los humanos como para el medio ambiente. Esto es así porque los plaguicidas están estrechamente relacionados con la pérdida de biodiversidad y de equilibrio entre depredadores y presas; a la vez que son tóxicos para las personas.

La contaminación provocada por estos productos químicos no siempre llega tras el trabajo en las explotaciones agrícolas, sino que también está relacionada con derrames accidentales, limpieza incorrecta de las máquinas o contenedores con los que se aplican, un uso inadecuado de los compuestos; o vertido de residuos en el medio natural, a pesar de que existe la obligatoriedad de depositar los envases vacíos en puntos habilitados. Su impacto negativo afecta a flora y fauna, pero también al aire, al agua y al suelo. Un impacto que puede ser mayor o menor en función de las propiedades de los productos, el tipo de suelo o el clima.

Existe más de un millar de productos químicos utilizados para evitar que las plagas dañen o destruyan por completo las plantaciones o los alimentos que estas producen. Es probable que una persona occidental no perciba sus efectos, pero la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya ha alertado de que estos plaguicidas son una de las principales causas de muerte por intoxicación, sobre todo en los países subdesarrollados o en vías de desarrollo. También están expuestos los empleados que trabajan en las explotaciones agrícolas, que deben utilizar una vestimenta adecuada para protegerse, o los habitantes de las zonas próximas a estas, ya que los compuestos se propagan con facilidad.

La OMS ya ha abogado por la prohibición del uso de los plaguicidas más tóxicos, o el establecimiento de un límite de residuos de estos productos tanto en los alimentos que consumimos como en el agua. La organización exige el cumplimento de unas prácticas agrícolas que sigan una misma normativa en cualquier parte del mundo. Además, recomienda que, si la fruta y la verdura no es ecológica, es importante lavarlas muy bien y pelarlas.

Las malas prácticas afectan al agua

La principal afectada por las malas prácticas agrícolas es el agua y las especies que habitan en ecosistemas acuáticos. Algunos productos químicos se acumulan en el tejido graso de algunas especies de peces que después pasan a ser alimento. Otros tipos de plaguicidas son metabolizados por el animal, cuyo organismo posteriormente los elimina.

También puede producirse un aumento de la concentración de químicos en los tejidos y órganos cuando un animal pasa a ser comido por un depredador en la cadena alimentaria. Los compuestos pueden generar la muerte del animal, pero también daños celulares, fallos del sistema inmunitario, tumores o deformidades.

Los plaguicidas pueden entrar en contacto con los humanos a través de la piel, la respiración o la ingesta. Los efectos en la salud pueden ser agudos, cuando se ha estado expuesto a dosis altas durante un período corto de tiempo; o crónicos, cuando la exposición ha sido con bajas dosis pero durante un largo período de tiempo. En estos casos, pueden dar lugar a cáncer, deficiencias del sistema inmunitario o neurológico, problemas reproductivos, etc.

La agricultura ecológica también se ve afectada

La expansión de los plaguicidas es tal que, en ocasiones, puede llegar a zonas de cultivos ecológicos o familiares. Su uso tiene un impacto en este tipo de cultivos, puesto que interfiere con sus prácticas agrícolas de control de plagas, más respetuosas con el entorno y el suelo.

Además, estos productos no solo eliminan los organismos que se quieren combatir, sino que dañan a otras especies beneficiosas que polinizan los cultivos, como las abejas, y que no suponen una amenaza para las cosechas. Entre los insecticidas que más perjudican a estas especias, se encuentran los neonicotinoides, los más habituales en todo el mundo, cuyo impacto ha sido señalado en un estudio de la British Ecological Society.

En algunos casos, se han llegado a encontrar compuestos como el imidacloprid, prohibido desde hace tiempo, lo que indica la presencia de elementos tóxicos incluso después de que dejan de ser utilizados. Este punto también aparece detallado en el estudio anterior.

El debate aún persiste. La mejora de la calidad y la esperanza de vida ha provocado un crecimiento demográfico, sobre todo en los países desarrollados, y algunos científicos sostienen la necesidad de los plaguicidas para alimentar a los 9700 millones de personas que se estima habrá en 2030 en todo el mundo, pues de lo contrario, se perderían algunas cosechas y eso magnificaría la situación de hambruna en algunas partes del mundo.

Sin embargo, otros expertos y agricultores apuestan por métodos sostenibles y ecológicos para el control de plagas, y buscan alternativas a los métodos químicos tradicionales. También se trata de incentivar el consumo de productos orgánicos, que además sean de cercanía, para minimizar la contaminación del transporte, a la vez que se mejora el rendimiento del suelo.

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